martes, 30 de octubre de 2012

Mi melliza

Mi hermana Pili es mi melliza. 

Hemos compartido casi 25 años de "desayunos, comidas y cenas", cuarto, baño, ropa, idas y venidas al cole, libros escolares, profesores, amistades, cama en verano, salidas nocturnas, horas de juegos, piscina, música, estudio y aburrimiento. Incluso algún amor...

A ella le gustaban mis variados de música y a mi su ropa y sus pendientes. A ella le gusta el chocolate negro y a mi con leche.

Cuando éramos pequeñas, a veces se ponía del lado de mis otros hermanos, y me encerraban un rato en un cuarto con la luz apagada por el mero placer de ver mi puchero al encender. Si era la mitad de lindo que el de Allende, ahora los entiendo.

Yo me vengaba años más tarde persiguiéndola por la casa con el bote de Tulipán en mano para que lo oliera.

Ha estado a mi lado en los momentos más importantes de mi vida. En los buenos, y en los malos.

Ahora nos separan unos 100 km de distancia y una vida bien distinta, pero sigue siendo mi amiga y confidente.

Pili y yo nos llevamos casi dos años, pero si alguien hubiera tenido que compartir conmigo 9 meses de patadas y canal de parto, ésa, habría sido ella.

viernes, 19 de octubre de 2012

Pienso, luego escondo


Le he preguntado a algunas personas cómo cree que sería el mundo si todos dijéramos lo que pensamos, sin filtro alguno. La gente se ríe cuando le hago la pregunta. Yo no sé si sería mejor o peor, pero está claro que, al menos, sería distinto. Es difícil de imaginar.

Si lo que hiciéramos fuera decir continuamente lo que se nos viniera a la cabeza el mundo sería una auténtica locura. Las conversaciones serían imposibles  de seguir, irían de un tema a otro continuamente. Los momentos de risas serían más divertidos y las discusiones más fuertes. Sería como vivir en una auténtica borrachera continua. También se me ocurren situaciones comprometidas de todo tipo.

Pero en realidad no es tan radical lo que me ronda por la cabeza.

Teniendo una conversación hace unos días con un amigo, me di cuenta que no estaba diciéndole todo lo que pensaba. Creo que lo que "estaba dejando de decirle" complicaría la conversación o no la encaminaría hacia dónde yo quería en caso de decirlo... No sé. No sé exactamente por qué razón no dije lo que no dije  (ni siquiera sé qué estaba pensando) ... Entonces, ¿qué pasó en “el exterior”? que la conversación terminó con una conclusión que habría sido distinta si yo hubiera dicho lo que callé. Pero, ¿quizás el también calló su parte?

El caso es que me di cuenta de que en muchas conversaciones, sobre todo con alguien cercano, o cuando se debate un tema delicado, suele ocurrir que de lo que se piensa a lo que se llega a decir puede haber mucha diferencia, ya sea por delicadeza, por falta de valor, confianza, respeto... En fracciones de segundo pensamos, evaluamos, filtramos la información que no puede salir...  y entonces HABLAMOS. Posiblemente, la mayoría de las veces ni nos daremos cuenta de este ejercicio, quizás muchos de nosotros nunca nos hayamos fijado en que lo hacemos.

De todos los pensamientos que tenemos cada día, ya sean de forma espontánea o los que nos vienen a través de una conversación, con nuestra familia, pareja, hijos, amigos, compañeros de trabajo, jefes, comerciantes del barrio, gente con la que nos cruzamos, muy pocos llegan a salir al exterior en forma de palabras.

¿Cuántas cosas se nos vienen a la cabeza a lo largo de un día? Incluso de una hora o de un minuto: Juicios sobre las acciones de los demás, admiración sobre personas que no lo saben, deseos de estrechar la relación con algunas sin que lleguemos a decirlo nunca, sentimientos de temor, alegría, envidia, amor, ternura, pena, soledad, frustración ... Es imposible expresarlo todo! Incluso la mayoría de las cosas no se  pueden ni decir... Pero ¿Y si dijéramos algunas de las cosas que nos callamos?

Quizás cambiar un poco de esta actitud, el sincerarnos un poco más, nos podría llevar a mejores relaciones,  en las que saldrían más cosas a la luz, menos mentira y más claridad, dejar lo banal para dar paso a lo importante. Estoy segura que la mayoría de lo que escondemos es infinitamente más interesante que lo que mostramos.

¿Quiénes somos entonces? ¿Qué somos? ¿Lo que pensamos o lo que decimos?
Algunos opinan que somos lo que decimos. Yo opino, que para el resto del mundo sí, pero que sólo cada uno de nosotros sabe realmente quién es.

sábado, 14 de julio de 2012

Allende y Mario, Amaya y María

Amaya es la madre de Mario. A Mario le diagnosticaron autismo con 2 añitos.
A Allende aniridia bilateral con una semana. Yo soy la madre de Allende.

Las dos nos hemos tenido que enfrentar al diagnóstico de una enfermedad de nuestros hijos, y esto nos ha abierto a una nueva visión de la vida, de la maternidad y de la crianza. A pesar de que no conozco a Amaya, creo que puedo decir esto sin equivocarme, ya que a través de su blog reconozco retazos de lo que yo misma estoy viviendo. 

Reconozco también palabras: "Alegría" 
La alegría del regalo que es mi hija, y que no puedo dejar de pensar que sería menor si no le hubieran diagnosticado su enfermedad.

Reconozco imágenes:
La cara de orgullo de una madre mirando los logros de su hijo.

Reconozco sentimientos:
En la vida pocas veces tenemos la suerte de aprender a ser mejores. Mario y Allende nos han dado esa oportunidad, o al menos a despertar de una vez por todas y a luchar por serlo.

Y como nada ocurre por casualidad (me remito de nuevo a sus palabras) un día Juan Ramón Lucas presentó en su programa matinal el libro que Amaya acababa de escribir. Ya en esa presentación algo llamó mi atención (no recuerdo por qué) ... y como me gusta seguir las señales... asomé la nariz por el blog y con él me quedé.

Gracias Amaya por poner en mi boca palabras que no era capaz de expresar y por darme el último empujón para crear el blog.

Post de "La alegría muda de Mario"